@GALAsón-Agüera – Transmiera (Mirador Covalanas)
Con poco más de 2.000 habitantes, Ramales de la Victoria es un destino ideal para disfrutar durante todo el año.
Célebre por sus cuevas y sus pinturas rupestres, además de por su llamativo y caprichoso relieve, se trata de una localidad donde el viajero puede disfrutar de una naturaleza que invita a ser descubierta y que resulta ideal para la práctica del senderismo y otras actividades al aire libre. No tiene costa, cierto, pero ni falta que le hace, ya que agua le sobra a este municipio, bañado por el río Asón y sus afluentes, el Gándara y el Carranza, que forman un increíble valle que queda enmarcados por hermosos acantilados. En el horizonte, aunque parecen próximos, se descubren picos que superan los 700 metros de altura, como El Moro (823 metros) y El Carlista (703 metros), y que conservan, en su entorno, decenas de grutas.

@Ayuntamiento de Ramales de la Victoria
En el límite con el País Vasco Situada en el límite con el País Vasco, Ramales de la Victoria es posiblemente la localidad más visitada del valle del Asón. Recibe su nombre de una célebre batalla que tuvo lugar en 1830 durante las insurrecciones carlistas registradas en el marco de la Guerra de la Independencia. A raíz de aquella victoria, en la que tuvo un papel esencial el general Espartero, Ramales pasó de ser pueblo a tener la consideración de villa. Pero, historias aparte, en la actualidad es conocida por su rico patrimonio arqueológico, expresado en decenas de cuevas y abrigos rocosos, que dan fe de la presencia humana en este territorio desde la Prehistoria hasta la Edad Media. ¿Cuáles son las cuevas que no hay que perderse en Ramales de la Victoria? Una de ellas es Covalanas, que fue descubierta en 1903 por Herminio Alcalde del Río y declarada Monumento Arquitectónico-Artístico en 1924. En su interior cobija más de dos docenas de figuras de animales de gran belleza. También son muy interesantes las cuevas de El Mirón, la Cullalvera, la del Haza o los yacimientos del valle de Carranza. De hecho, varias de estas cavernas forman parte de la Red de Cuevas del Alto Ason, un proyecto que nació para gestionar la explotación turística de la riqueza espeleológica de la zona. Una villa milenaria Los estudiosos dicen que el origen de la villa de Ramales se sitúa en torno al año 1000, ya que fue documentada por primera vez en el Cartulario de Santa María del Puerto de Santoña. Sabemos que en la Edad Media estaba sometida a la jurisdicción de la Corona y que, en la Edad Moderna, tuvo la fortuna de beneficiarse del nuevo camino que comunicaba Burgos con Laredo, es decir, la meseta con la costa. Y gracias a ello, comenzó un tiempo de prosperidad con la reconstrucción de viejos puentes de madera y otros importantes proyectos y reformas arquitectónicos.

@GALAsón – Agüera-Transmiera (Cullalvera)
Desde luego, Ramales de la Victoria bien merece un paseo detenido por sus bonitas calles, salpicadas por casonas de indianos, casas tradicionales con atractivos miradores acristalados, la iglesia parroquial de San Pedro, la casa consistorial o el Palacio de Revillagigedo, del siglo XVIII. Y todo ello, en un entorno natural y paisajísto que tiene la banda sonora del murmullo del agua de los ríos que forman un precioso valle que invita a caminar y descubrir. La Verbena del Mantón Tampoco hay que olvidar las muchas fiestas populares de esta localidad, que lo mismo festeja a San Pedro, patrón de la villa, que a San Valentín o a Nuestra Señora del Carmen. Pero si tiene una tradición singular y curiosa, ésta es la Verbena del Mantón, que está vinculada a la batalla más célebre de la localidad. Cuenta la leyenda que, cuando el general Espartero entró victorioso en la villa, encontró un baúl abandonado por el ejército carlista. Y, al abrirlo, descubrió mantones de Manila que repartió entre las mujeres del pueblo. Desde entonces, y cada primer sábado de julio, se celebra esta fiesta, declarada de Interés Turístico Regional. En ella, las parejas se engalanan, ellas con mantón de Manila y ellos de chulos madrileños (curioso), y se marcan, al menos, un chotis al compás de un organillo.
Autor: Pilar Ortega